lunes, 18 de febrero de 2019

La chica de los aritos

No hacía mucho que yo pateaba las calles un tanto bajón y un tanto pensante en qué iba a ser de mi destino. Después de malos pasos por canciones tristes y noches de pérdida de conciencia, tomando y disfrutando la noche en largas horas de cerveza, decidí encaminarme en un proyecto. Un programa de radio, al que me sumé como productor y columnista deportivo.
Pasaron los dos últimos meses del año y era una actividad que me encantaba hacer, pero no me llenaba económicamente y tampoco en otros aspectos. Sentía que la vida se iba como en un reloj de arena y estaba desperdiciando días valiosos ahí: sin dinero y sin ideas nuevas.
Tomé la decisión de dejar el programa un febrero en el que escabiando me dije "se va todo al carajo, quiero cobrar por mi laburo", y fue así como puse como excusa mi vocación docente.
Avisé que iba a dejar el programa antes de que cada uno de los miembros del equipo lo abandonasen por motivos vacacionales. Por lo que, no queriendo convertirme en mala persona y en garca (porque creo que así lo veo yo y ahí jugaron mis valores de ser humano), les advertí que no los iba a dejar en banda y mi ida definitiva sería cuando todo el equipo completo esté de vuelta.
Comenzó la semana en la que me tocó ser el conductor del programa más escuchado de la ciudad en la primera mañana. Los nervios se acrecentaron cuando estaba a punto de dar aire y la expectativa y el desafío que tuve desde el fin de semana fue el motor para calmar esa ansiedad. Arrancó el programa y fue como si hubiese sido el conductor toda la vida. Nada me descolocaba, tenía todo bajo control e iba bien. Creo que fue al otro día, cuando algo me descolocó.
Inició el programa y bajé a abrirle a una "invitada". En la adrenalina del aire no tomé conciencia de quien era y le abrí como si nada y subí rápido las escaleras para entrar a escena y arrancar el programa: ya eran 8.10 y veníamos atrasados.
Leí los títulos nacionales y locales, di información de redes sociales y antes de finalizar el primer bloque un ángel entró por la puerta del estudio y allí salí del programa, quedé fuera de sí por unos instantes pese a que las palabras me salían por automatización.
El ángel no era más que una mujer bella, con pechos voluptuosos y una sonrisa que nunca había visto en mi vida. Sentí una energía especial. Se sentó al lado mío y me empezó a mirar.
A partir de allí todo fue nervio y el programa salió solo como la rutina indicaba, pero dentro mío sentí una conexión con la chica que estaba al lado mío muy especial. Arrancamos a hablar en el corte y desde ese momento me gustó. Quise un mundo con ella al instante e inmediato, al descubrirla, mis ojos se fijaron en sus aritos. Tan lindos y particulares. Nunca le observé, a una mujer que me gustó, sus aritos. Pero a ella se los miré particularmente. Fue igual que la energía que sentí cuando nos miramos a los ojos.
Cuando ya estábamos conociéndonos tuve que volver al aire y allí la expuse y le dijo al mundo que se llamaba Valentina y yo por dentro dije Valentía. Me contó un poco quien era y desde el minuto cero la quise llevar a la cama (aunque sin que ella lo sepa, claro) y el programa siguió normalmente. Al corte siguiente, nos conocimos más. Era increíble como me atraía con su parla y su mirada aunque los aritos...los aritos no podía dejar de mirarlos.
Salí por un minutos del estudio y le pregunté a mi amiga y productora cuántos años tenía la chica. Pensando que me iba a decir 23 o 24, me sorprendió su respuesta: "20 o 21 creo". Y me sorprendí. ¿Tanta madurez para esa edad?
Terminó el programa y fuimos los tres a desayunar. La chica de los aritos hablaba y yo no podía parar de escucharla. Era música para mis oídos. Luego, nos despedimos. Y Valentina quedó dando vueltas en mi cabeza todo el día. Pasaron los días y nos fuimos conociendo solo como compañeros laborales y allí fue cuando empecé a tratar de seducirla con palabras y con molestias intencionales. Hubo uno de esos días en los que la invité a desayunar a solas y me respondió que no podía. Fue allí cuando pensé que yo no le gustaba y ella se sumaba a la lista de mis fracasos y mi mundo con Valentina se alejaba.
El último día fue matar o morir. Quise invitarla cuando estaba agarrando su bicicleta, pero mi miedo pudo más y no la invité. Inmediatamente me envió un mensaje donde se reía de que me había asustado y no le dije nada. Fue ahí cuando la invité. Para esa noche.
La pasé a buscar y subió tan espléndida a mi auto, que todo lo que estaba alrededor de ella no podría ni siquiera esforzándose mucho para ser más interesante que Valentía. Por supuesto, tenía sus aritos. Otros, unos que no había usado hasta el momento. Todos los días iba con aritos distintos al programa.
Desde antes ya sabía que tenía 19 años y mis 24 me ponían en una posición incómoda frente a ella en cuanto a la edad, aunque ella no le dio importancia. Me gustaba en serio y esa noche quería besarla. Fue así como tomamos algo y toda la fuerza con la que no me había animado antes a invitarla a salir se inclinó a poner empeño en besarla esa noche. La tomé de las manos, hice que se las leía y la besé. El mundo se volvió más hermoso y me sentí un adolescente de nuevo. Sentí que todo valía la pena.
Salimos de allí, la llevé a su casa y me quedé con las ganas de más, pero estaba satisfecho. Por primera vez nos habíamos besado y la chica de los aritos con toda su energía me dijo las cosas más bellas del mundo. En otra salida me preguntó si yo era real, que no podía serlo. Que era un sueño.
Todo lo contrario, ella había generado en mí el cambio. Nació una energía que tal vez tenía, pero no había manifestado hasta ese entonces.
La chica de los aritos me rompió las estructuras. Dinamitó todas mis verdades y me obligó a construir un mundo nuevo. Un mundo nuevo que construimos juntos todos los días.




Amor mío,

Finalmente escribí el cuento. Lo sentí y salió.
Después de que hoy me hayas dicho cosas tan hermosas como que deseabas pasear por Europa conmigo e imaginarte lugares donde tomaríamos mates juntos.
¡Feliz año mi amor! Yo creo que lo tenemos que celebrar todos los 28 de febrero porque fue cuando nuestras almas se juntaron y tanto el uno como el otro conoció a una compañía hermosa que siente que va a serlo por el resto de sus vidas. Más allá del lugar y las circunstancias.
Valentina Díaz Espada, no soy muy bueno escribiendo pero quiero decirte que siempre pero siempre te voy a amar. Y voy a tratarte de dar al menos un poquito de todo el amor que me das a mí.
Que estés disfrutando tu viaje me alegra mucho, y me apena un poquito que estés lejos justo este día porque, como te dije en estos días, te quiero dar mil besos y abrazos y más un día como hoy. Pero escribirnos todos los días nos hace felices y calma la extrañitis. Sin embargo, seguimos conectados y los regalos que me haces día a día me encantan, como esa foto que fue lo más hermoso que hicieron por mí en la vida.
Te amo Valen, Valentía, Darling, Maga, Chinita. Gracias por ser uno de los motivos de levantarme con una sonrisa todos los días.
Te amo para siempre porque siempre es hoy.

A la vuelta nos sacamos las ganas y festejamos como se debe♥